Cada vez que tú me miras,
se enronquece mi garganta,
y se humedecen mis manos
cuando tus manos me alcanzan.
Te juego a las escondidas,
te choco en el punto y raya
y, balón por medio, mido,
a tus labios, la distancia.
Este, mi pequeño cuerpo,
se va de fiesta (es la raza)
cada vez que tú me miras
con tus fervorosas brasas.
Ya no me llames más bella,
porque se me arruga el alma
queriendo hundirme en el fondo
de tu pecho hasta mi alba.
Ay! Que tejes mi cabello.
Ay! Que me vistes de organza.
Quita el clavel de mi pelo
e impídeme decir más nada...
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