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    La patria que me parió

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    Aljamod

    Masculino Mensajes : 46
    Fecha de inscripción : 24/03/2012

    La patria que me parió

    Mensaje por Aljamod el Miér Dic 05, 2012 6:52 pm

    La patria que me parió

    –Pátria que me pariu! Quem foi a pátria que me pariu? –había cantado la noche anterior al oír la puteada.

    –Pero… ¿Cuál es mi patria? –piensa Lucas–. ¿Este pedazo de tierra enclavado entre Argentina, Brasil y el Atlántico? Esta tierra, que nació de una disputa entre españoles y portugueses, y en la cual terminaron metiendo la cuchara los ingleses, está de festejos. Se está conmemorando el bicentenario de nuestra Independencia. ¿Independencia de quién? ¡Si aún hoy seguimos siendo tan dependientes como doscientos años atrás! ¡No! ¡Tan no! ¡Más! ¡Más dependientes!

    –Así que... ¿Independencia de quién? o... ¿De qué? Porque mi patria no depende de sí misma, sino de un algo que alguien inventó, y que todo lo controla. Y esa cosa, ese “algo”, es quien nos dice que debemos defender a nuestra patria. Para eso, al fin y al cabo, somos educados. Para morir por algo que no existe, por una ficción que fue creada y perfeccionada por mentes perversas. En lugar de enseñarnos a gozar de la vida, desde pequeños nos inculcan determinados conocimientos que, cuando nos transformamos en adultos, hacen que vivamos como zombis.

    –Nuestra educación tiene como fin prepararnos para trabajar, y trabajamos pura y exclusivamente para que algunos pocos obtengan más dinero y poder. No somos educados para descubrir quiénes somos, tampoco preparados para afrontar la vida y poder vivirla libremente, sino que somos adiestrados para llevar a cabo los fines que el Sistema persigue. Y una de esas enseñanzas, es que debemos defender a nuestra patria, aun cuando el costo sea derramar sangre por la Tierra. ¡Je je! ¡Como la sangre que salió del dedo de papá cuando anoche lo mordió una tararira!



    Durante unas semanas habían estado planeando el viaje. Hasta que al fin el jueves había llegado, y junto a su padre, se había levantado bien temprano. Lucas fue hasta el fondo de la casa, hundió sus manos en la tierra, desprendió los terrones y, lentamente, las cogió.



    –¿Y? ¿Te lo dije o no? Te dije que bien tempranito, cuando la tierra estuviera aún fresca por la humedad de la noche, encontraríamos lombrices.

    –Sí. Tenías razón. ¡Mirá! ¡Mirá aquella! Es gruesa como este dedo –dice Lucas extendiendo su dedo mayor.

    –¡Dale, dale pavo! Juntá unas cuantas y vámonos. Y no te olvides de cerrar la lata para que no se caigan. Así nos vamos a pescar de una vez.



    Lucas, sentado sobre la hierba húmeda, contempla el monte. A unos metros, sobre el fogón, se calienta el agua para el acostumbrado mate de los atardeceres de todos los días. En medio de la naturaleza, y con las piernas entrecruzadas al modo indígena, se siente Uno con todo aquello que logra tocar, oler, ver, oír. Y ceba el primer mate. Unos pocos momentos en contacto con la naturaleza, bastan para que piense que aquella, es su verdadera patria: la tierra.

    A su mente acude el recuerdo de los cuentos de su abuela María Salomé, quien aseguraba descender de Polidoro, cacique al mando del cual, los charrúas habían dado muerte a Bernabé Rivera, y cuyo hijo, Sepé, debió huir hacia Paraguay. Y los bisnietos de éste, algunos años más tarde, debieron huir ante la Guerra del Pantanal, yendo a establecerse precisamente, en la tierra de sus antepasados.

    Sepé ha tirado la línea al agua y espera sentado sobre la hierba húmeda. Sus dedos aguardan a que el pique de un pez tense el hilo. Huele el aroma de los mataojos, sauces y sarandíes, observa el vuelo certero del Gavilán y oye el choque contra el agua. Mientras tanto, come pitangas. Vibra con la naturaleza, que es el mundo, con esa tierra generosa que les provee el sustento. Goza de la vida en esa tierra que es de todos, y a la cual tiene que defender del ataque de quienes intentan convencerlo de que los campos y los montes tienen dueño. Y como no han logrado que haga lo que le dicen, es perseguido por quienes en el pasado fueron aliados.



    –¿Y? ¿Pica? –escucha la voz de su padre al otro lado de los sarandíes–, quien sentado frente al pequeño barranco que el tiempo y la corriente había formado en aquella orilla del Tacuarembó, se empeñaba en desenredar un lío de tanza.

    –¡Parece que sí! –responde Lucas–, y deja el termo en el suelo y mira hacia una de las piolas. Siguiendo el consejo de su padre, había enganchado la tanza a una vara que, clavada sobre la orilla del barranco, tenía atada a su extremo superior una vieja lata de pomada para calzados, dentro de la cual, había una tuerca.

    –Llevate unos sonajeros –le había dicho su padre–. Lo ponés en las puntas de las varas y no vas a tener que estar concentrado en ver si alguna de las piolas se mueve.
    Lucas vuele a agacharse y deja el mate al lado del termo, pero sin dejar de prestar atención a la cuerda del medio, de la cual le parecía había provenido el sonido.

    –Sí –pensó–. Debo reconocer que los sonajeros son notables. Puedo tener tres aparejos en el agua y no tener que estar mirando las piolas. Puedo dedicar todos mis sentidos a la naturaleza y no estar pendiente de ver si pica algún pez.

    Entonces, se mueve velozmente. Llega frente a la vara del medio y suavemente, quita la piola de su extremo.
    El sonido de la lata le había advertido del pique. Pero al ver la piola siendo movida, tomó la línea y sintió en sus dedos una débil tensión.

    –Casi puedo olerlo –pensó–. Y si lo saco, esta noche cenaremos pescado.

    –¿Qué será? ¿Una tararira o un bagre? –se preguntó–. Pegó un par de cinchones, pero fue solo eso. La piola no se extendió ni se aflojó. Podía ser un bagre. Un picotón, y una vueltita para ver qué pasa. Si fuese tararira ya habría rajado. ¡Otro picotón! ¡Sí! ¡Es un bagre que anda dando vueltas! El cinchón fue demasiado fuerte para que sea un descarnador. Debe ser un bagre. Si fuera tararira ya hubiera rajado con el anzuelo en la boca. Habría ascendido el Tacuarembó y andaría por Tranqueras, o lo hubiera descendido y tomando el Río Negro corriente arriba, ya andaría por Brasil, allá en su nacimiento. Y ahí ya sería tararira brasileña. Con tal de que no la pescaran, con tal de que pudiera seguir viviendo, ya habría dejado atrás la línea limítrofe entre Uruguay y Brasil. Ya se habría internado en territorio brasileño y pasado a vivir en una patria distinta.

    –¡Oh! ¡Por favor! ¿Cuál es la diferencia? ¿Quién la impuso? El Negro, sigue siendo el mismo río del otro lado de esa línea imaginaria, creada por aquellos que intentan separarnos. Marcando las diferencias para dividirnos –dice Lucas en voz baja para que no lo oiga su padre–. La tararira no entiende esas estupideces. Y la verdad, yo tampoco. ¿Cuál es la diferencia? Uruguay y Brasil. Brasil y Argentina. Argentina y Uruguay. Aquellas diferencias que realmente importan entre los seres humanos, son las que surgen de nuestras percepciones. Son las que nacen del uso de los cinco sentidos… El sabor exótico de una comida que nos ha gustado, la fragancia dulzona de una flor desconocida… el sonido extraño y melodioso de una Lengua lejana, la belleza de las tonalidades de nuestra piel o…. una caricia que de pronto, recibimos. Las diferencias que nos hacen mal, son aquellas que surgen cuando nos dividen. Y no nos dividen solo en países. Dividen nuestro ser desde pequeños, estableciendo diferencias. Luz u oscuridad, bueno o malo, blanco o negro, Nacional o Peñarol... ¡Je je! Parece que esta cadena de dualidades ha sido a propósito…

    –¡Nacional! ¡Por supuesto que Nacional! –dice Lucas–. Mientras, se imagina pescando una tararira de color celeste, y otra pintada de verde y amarillo.

    –¡Ja ja ja! ¡Una tararira pintada con los colores de un equipo de fútbol! ¡O con los de la selección de un país! ¡Qué estupidez! ¡Como si las tarariras tuvieran nacionalidad! –exclama Lucas un tanto ahogado por la risa.

    –¡Las tarariras no tienen patria! ¡Las tarariras no tienen patria! –grita–, y desde el campamento, y creyendo que alguien había pescado algo, se acercó presurosa la pareja.




    Habían llegado sobre el mediodía. Por la tarde, y junto a Lucas, habían recorrido en canoa unos cuantos metros de las costas del río. Pero sobre el final del recorrido, la pareja había terminado en el agua.
    Aquel par de días de dichosa tranquilidad, que junto a su padre había pasado en el monte, mucho le habían hecho reflexionar. Las horas habían transcurrido veloces y ya estaban su hermana y su cuñado, instalados en el campamento que, la luna llena de la noche anterior, lo había visto compartir a solas con Hugo, su progenitor, un hombre grueso y panzón que sesenta y cinco años atrás había nacido en las cercanías del Arroyo Tacuarembó, el que luego desemboca en el Río del mismo nombre. Y el Tacuarembó grande continúa su curso hasta desa-guar en el Río Negro, a la misma altura en la cual se encontraban acampando desde hacía dos días. El Río Negro nace en territorio brasileño, allá por el Nudo do Santa Tecla, y sus aguas terminan desembocando en el Río Uruguay. No sin antes ser y servir de costa a Paso de los Toros, lugar en donde viven su hermana y su cuñado.

    Esa tarde, al ver que la escena se estaba poniendo tan empalagosamente dulce que ya parecía sentir las piedritas de açúcar disolviéndose en su boca, y recordando la publicidad en la que el ruso Pérez, con la cabeza vendada, barre con los amantes tirándolos al césped, Lucas apoyó sus manos en ambos bordes de la canoa y, con un fuerte y ligero movimiento que tomó desprevenida a la pareja de tortolitos, los tiró al agua y quedó solo en la embarcación en la que navegaba el Tacuarembó grande, casi en su desembocadura en el Río Negro. Viendo la forma en que los tórtolos manotean aire y agua, buscando hacer pie en un lugar en donde el río les da por la cintura, Lucas ríe hasta llorar.

    Y sus lágrimas van a formar parte de aquellas aguas que, durante la noche anterior, le habían traído de regalo una hermosa tararira de cuatro quilogramos de peso. Su padre, como siempre, la había terminado limpiando. Eso sí, luego de desengancharla cuidadosamente del anzuelo, ya que aún tenía en el dedo el recuerdo del mordisco que le había arrancado una puteada.

    –Qué anzuelo nos han hecho tragar –dice en voz baja Lucas, mientras ve a su padre quitar con cuidado el anzuelo de la boca de la dientuda–. Han parcelado al mundo y le han puesto nombre a cada pedacito. Nos han hecho creer que la tierra puede ser dividida en partes –piensa–, y de pronto, vuelve a recordar a Sepé. Y en su imaginación, el indígena, sentado sobre la hierba húmeda, aguarda pique.





    Sepé termina de comer las pitangas y ataca un maduro mburucuyá, cuyo néctar se disuelve en la saliva de su boca, la que no ha probado otra cosa que frutos en los últimos días.
    El pequeño grupo de charrúas que comanda, es feroz e implacablemente perseguido. Unas cuantas lunas atrás, unos cuantos de los suyos habían caído a orillas del Salsipuedes, víctimas de la traición, y desde entonces, huyendo de sus enemigos, ha ido remontando el Río Negro hasta encontrarse con la desembocadura del Tacuarembó.

    Allí, el cacique decidió descansar durante una noche para dedicarse a la pesca, y con algo de fortuna, cazar un carpincho o una nutria que les dé a sus hermanos, la energía necesaria para remontar el Tacuarembó y, dirigirse, una vez más, hacia el norte.
    Sepé siente el picotón y pega un cinchón inmediatamente. Sabe que es una gran dientuda. Recoge la línea y ve la tararira, que desesperada, se agita colgando de la línea.




    –¡Qué anzuelo nos han hecho tragar! –repite Lucas–. Mientras, ve a su padre tomar el machete y asestar un golpe en la cabeza del pez, que en el acto deja de retorcerse.

    –¡Nos han hecho el cuento de la patria! Y esa tararira que cuelga de la línea… ¡No tiene patria! ¡Ja ja ja!
    Y como ocurriera la noche anterior, en que se había puesto a cantar la canción de Gabriel o Pensador, Lucas canta otra vez…

    –Pátria que me pariu! Quem foi a pátria que me pariu?


    * * * * * * *


    darkdubito

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    Humor : En vida, era alegre...

    Re: La patria que me parió

    Mensaje por darkdubito el Dom Dic 09, 2012 7:49 pm

    La tararira no entiende esas estupideces. Y la verdad, yo tampoco. ¿Cuál es la diferencia? Uruguay y Brasil. Brasil y Argentina. Argentina y Uruguay. Aquellas diferencias que realmente importan entre los seres humanos, son las que surgen de nuestras percepciones. Son las que nacen del uso de los cinco sentidos…

    Gran apología a Simón Bolivar hacen tus letras, amigo. Me complace la lectura que es entretenida y a la vez interesante
    dejo constancia que la estructura de tus escritos se ajusta a la narrativa más cerca de la novela que a otra cosa..

    Tremendo tema. ¡Excelente!

    Gusto leerte.

    deliapc
    Admin de café poético
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    Re: La patria que me parió

    Mensaje por deliapc el Vie Ene 04, 2013 7:13 pm

    Hola Dark!

    Te envié un M.P. que aún está en bandeja de salida.
    Trata de despejar la bandeja de entrada, por lo menos déjala al 60% para que te puedan llegar nuevos mensajes. Ok?


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    Delia

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    Re: La patria que me parió

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